Ayer, tratando de llenar de recuerdos un cuerpo vacío para que brillara bajo tierra, me contaron que hace 30 años yo siempre caminaba junto a mi madre de la mano (siempre, sin excepción) y que había un señor muy serio que nos miraba al pasar por su ventana y se conmovía y la envidiaba por ese trocito de carne que siempre caminaba junto a ella (siempre, sin excepción).
Un día nos pidió que entrásemos a su casa. Junto a él había una caja llena de polluelos de gallina que no dejaban de piar. 
Contaron que la niña se acercó, miró durante un rato muy callada y se levantó el vestido para, según dijo, darles teta y dicen que la carcajada del hombre serio fue tan sonora que sorprendió a todos y asustó a la niña.
Yo no sé qué fue de ella. No la recuerdo. Me siento como ese hombre serio que la miraba desde la ventana.

Pepa P.


Pepa P. fue una niña un poco rara. Al dejar la lactancia atravesó una etapa en la que sólo quería comer plátanos y le gustaba echarse la siesta en el jardín tumbada en dos sillas de esparto que juntaba a modo de cama improvisada. Odiaba los cojines y las mantas y sobremanera las bolsas de agua caliente. En general cualquier cosa que le proporcionase  felicidad.
Soñaba con poder vivir bajo el mar como un Snorkel y pasaba las tardes ideando construcciones con paraguas que simulaban el fondo del océano o dibujando en el papel de estraza con el que su madre envolvía el pescado un alter ego de piel cetrina y con aspecto bastante demacrado que acababa siempre muriendo a manos del Gran Snork Nork.
Cuando llegó a la adolescencia, y para tranquilidad de sus progenitores, sustituyó esas costumbres por otras menos extrañas como la de ver el Un Dos Tres a través de una pequeña ventana que recortó en las faldas de la mesa camilla de casa. Su momento preferido era cuando Mayra miraba fijamente a los concursantes, cerraba la tarjeta y decía "hasta aquí puedo leer". Lo reducido del espacio y esa frase le hacían sentirse especialmente protegida, aunque nunca supo decirme por qu'e o de qué.

Pepa P. viendo el Un Dos Tres.


A los quince años, el chico que interpretaba a Bo en Bus Stop se enamoró del modo en que al pronunciar la ese se ondulaba su flequillo y Pepa P. adoró el modo en que Bo rozaba el ala de su sombrero para decirle que hab'ia olvidado una frase, pero ni Pepa P. ni la historia de amor salieron nunca de aquel foso.


Pepa P. en el foso de la apuntadora.
                                                 

Cuando tuvo edad para ir a la universidad, Pepa P. fue a la universidad. Cuando tuvo edad para tener novio, Pepa P. tuvo novio. Y luego otro,  Y tuvo sexo. Y algún orgasmo. Y un trabajo. Y luego otro. Odió a su jefe. Y tuvo amigos que fueron y luego ya no y otros que siempre estuvieron. Y estuvo enferma y muy delgada. Y escuchó Pushin` too hard  de The Seeds en disco de vinilo mientras bailaba desnuda en la terraza de un ático toledano. Y fue de paja y de cemento. Y grit'o fuerte "Que os jodan" desde el elevador de Santa Justa en Lisboa. Tuvo canas y arrugas. Y muchos gatos. Quizás algún hijo; "lo olvidé"- susurra. Y el pecho seco. Y tuvo amor y mucho miedo, aunque ella dice que nunca estuvo presente y yo la creo.