Ayer, tratando de llenar de recuerdos un cuerpo vacío para que brillara bajo tierra, me contaron que hace 30 años yo siempre caminaba junto a mi madre de la mano (siempre, sin excepción) y que había un señor muy serio que nos miraba al pasar por su ventana y se conmovía y la envidiaba por ese trocito de carne que siempre caminaba junto a ella (siempre, sin excepción).
Un día nos pidió que entrásemos a su casa. Junto a él había una caja llena de polluelos de gallina que no dejaban de piar. 
Contaron que la niña se acercó, miró durante un rato muy callada y se levantó el vestido para, según dijo, darles teta y dicen que la carcajada del hombre serio fue tan sonora que sorprendió a todos y asustó a la niña.
Yo no sé qué fue de ella. No la recuerdo. Me siento como ese hombre serio que la miraba desde la ventana.